El Banco del Vaticano ha decidido dar un paso que lo coloca directamente dentro de la infraestructura de los mercados financieros globales. No se trata de un fondo ni de una recomendación de inversión, sino de algo más estructural: la creación de dos índices bursátiles propios, uno para Estados Unidos y otro para Europa, construidos a partir de un criterio central que va más allá de la rentabilidad o el tamaño: la compatibilidad del modelo de negocio de las compañías con los principios éticos de la Iglesia.
Los índices, desarrollados en alianza con Morningstar, llevan por nombre Morningstar IOR Catholic Principles US y Morningstar IOR Catholic Principles Eurozone. Ambos están diseñados como referencias de renta variable líquidas, con exposición a compañías de gran y mediana capitalización, pero incorporan un filtro previo que excluye empresas cuyos ingresos estén vinculados a actividades consideradas inadecuadas por el Instituto para las Obras de Religión (IOR). Entre ellas figuran sectores como armamento, alcohol, apuestas, juegos de azar y otros negocios incompatibles con este marco doctrinal.
Desde el punto de vista bursátil, el enfoque es más pragmático de lo que podría suponerse. En el índice estadounidense predominan grandes nombres de Wall Street, especialmente en tecnología y servicios financieros. Compañías como Apple, Nvidia, Amazon, Meta o JPMorgan forman parte del índice, lo que evidencia que el criterio ético no implica renunciar a liquidez, liderazgo sectorial ni a los principales motores del mercado accionario estadounidense.
En el caso del índice europeo, este reúne emisores clave de la economía de la zona euro, combinando tecnología, industria y banca. Entre los valores incluidos destacan ASML, SAP, Deutsche Telekom, Santander y BBVA, reflejando una composición cercana a los grandes índices paneuropeos, pero con un sesgo claro derivado del proceso de selección.
Las diferencias frente a los índices tradicionales aparecen con nitidez en las exclusiones. Quedan fuera compañías que suelen tener un peso relevante en referencias como el S&P 500 o el Euro Stoxx, en particular grupos vinculados como Lockheed Martin, Northrop Grumman, Diageo o Anheuser-Busch. A ello se suman exclusiones más estructurales, como Berkshire Hathaway, cuya cartera de inversiones no encaja con los criterios aplicados, pese a su carácter emblemático dentro del mercado estadounidense.
Más allá del componente religioso, el lanzamiento de estos dos índices introduce un mensaje relevante para los mercados: incluso dentro de la gestión pasiva, invertir supone tomar posición sobre qué modelos de negocio se validan como referencia. En un entorno donde los flujos indexados dominan la asignación de capital, la decisión del Vaticano no apunta a crear un mercado paralelo, sino a redefinir los filtros con los que se construyen los índices.
En ese sentido, el movimiento se inscribe en una tendencia más amplia de segmentación de la inversión, similar a la que impulsó el crecimiento de los índices ESG (medio ambiente, sostenibilidad y buena gobernanza), pero con un marco ético más explícito y normativo. Para el inversor, estos índices no solo ofrecen una exposición accionaria diferenciada, sino también una referencia alternativa sobre cómo combinar valores, mercado y disciplina indexada.